Lo más desafiante que me pasó en la vida, y que nunca me hubiera imaginado que viviría, fue ser madre y esposa de aspergianos. Y, a pesar de los desafíos, aciertos y desaciertos, lo interesante de convivir con ellos es lo enriquecedor de la experiencia, para ambas partes.

Independientemente de las ventajas y desventajas que puedan representar el hecho de ser esposa y madre de “aspergianos”, me gustaría destacar el desafío constante y el crecimiento como personas que se da día a día en ellos y en mí. Porque el tener que adaptarse a un mundo que, para ellos, funciona de una forma “ilógica” y “confusa”, es similar al esfuerzo que se hace a la inversa. También nosotros (los típicos) tenemos que adaptarnos a lo simple y lógico, ya que tomamos por “normal”, por habitual y cotidiano, el caos de la falta de orden, de principios y de sinceridad del mundo.

Qué diferente sería todo si ser simples, auténticos y directos fuera lo usual. Si todos razonáramos más antes de simplemente reaccionar. Si en vez de sorprendernos por los actos “rebeldes o berrinchudos” de quienes racionalizan los comportamientos y no tienen la costumbre de actuar instintivamente como la mayoría, simplemente nos diéramos cuenta de que se sienten perdidos y desamparados por lo inesperado de nuestras acciones, muchas veces egoístas. Imaginemos un mundo donde la mayor cantidad de personas, situaciones y circunstancias nos resultaran hostiles, donde se nos instara a ver esa hostilidad como un bien a alcanzar, un ideal que debiéramos no sólo aceptar sino hacerlo nuestro y, como si fuera poco, ser felices de esa manera. Evidentemente, sería cuestión de tiempo para que llegue el momento en donde nos desesperaríamos, en donde la gota rebalsara el vaso y necesitáramos ser nosotros mismos para encontrar equilibrio.

Sí es posible ser auténticos, ver la realidad desde otra perspectiva, aceptar las diferencias y enriquecernos con ellas.

Para mi modo de ver, después de haber tenido la experiencia de ser un poquito terapeuta de mi familia, aún sin darme cuenta, las cosas sí son más simples de lo que creemos. Sí es posible ser auténticos, ver la realidad desde otra perspectiva, aceptar las diferencias y enriquecernos con ellas. Las personas diagnosticadas con Síndrome de Aspergers no sufren su condición; son personas que ven la vida de otra manera, que tienen necesidades muchas veces diferentes a las nuestras. Lo que se sufre, cuando realmente se sufre, no es la condición en sí, sino el padecimiento que causa cuando se quiere que sean como nosotros. Esto también se da a la inversa. Muchas veces, para un “aspie” la solución más práctica para encajar en el mundo y para que todo esté en su lugar, sería que éste sea un “mundo aspergiano”; si esto fuera posible, los neurotípicos nos veríamos en serios problemas. Dicho de otro modo, tanto ellos como nosotros sufrimos el Síndrome de Asperger cuando pretendemos que sean más “típicos” y cuando nuestros queridos “aspies” quieren también que nosotros (los “otros”) seamos como ellos. Al fin y al cabo, nadie tendría que esforzarse en encajar en donde todos sean, piensen y vean la vida del mismo modo. Pero, un mundo de iguales sería un mundo sin desafíos, sin riquezas, sin oportunidades para desarrollar valores básicos como la comprensión, la ayuda mutua, la famosa empatía necesaria en todos, y un largo etcétera.

Tanto ellos como nosotros sufrimos el Síndrome de Asperger, cuando pretendemos que sean más “típicos” y cuando nuestros queridos “aspies” quieren también que nosotros (los “otros”) seamos como ellos.

Desde el momento en el que tomemos conciencia

  • que nadie tiene el derecho de cambiar ni “curar” la forma de ver el mundo a nadie,
  • que todos somos valiosos,
  • que lo que tiene uno le falta al otro, y que eso es bueno,
  • que juntos somos más fuertes,
  • que el mundo sí se puede cambiar para mejor cuando cada uno, los “típicos” y los “atípicos”, sólo cambien las cosas que los haga mejores personas,
  • que ponerse en los zapatos del otro nos cuesta a todos, pero sí es posible,
  • que todos somos necesarios,

entonces, quizás, la razón por la que Dios permitió que existan en el mundo mentes brillantes y grandes corazones, la podamos al fin valorar.

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